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- 12 diciembre, 2019 -

Jorge Fuentes. Embajador de España. Habrán ustedes comprobado que una de mis principales preocupaciones en los últimos años es analizar los errores que cometemos... Anomalías hispanas

Jorge Fuentes. Embajador de España.

Habrán ustedes comprobado que una de mis principales preocupaciones en los últimos años es analizar los errores que cometemos en España, -“Los males de la patria” los llamaba Lucas Mallada, allá por el siglo XIX- que impiden que nuestro país sea aun mejor de lo que lo es.

Ya hablé de la falta de un nivel cultural suficiente de nuestra población que solo logra compensar con esa especie de sabiduría popular mítica aunque analfabeta. También hablamos de la falta de una estructura económica adecuada que lograra trabajo para la inmensa mayoría de nuestra población no dejando en el paro a demasiados millones de compatriotas.

Me enfurecía y enfurece que mientras el idioma español sigue creciendo y perfeccionándose en el mundo, donde es sin duda la segunda lengua vehicular más importante tras el inglés, en España cada vez se habla menos y peor. Nuestros gobiernos no se toman en serio la deriva suicida que, en materia lingüística, siguen las Autonomías en Valencia, Galicia, el País Vasco, Baleares y Cataluña.

Está muy bien que el pueblo se divierta pero la proliferación de fiestas, miles de ellas, frena la actividad laboral y reduce la productividad y la eficacia de nuestros trabajadores demasiado pendientes de en qué pueblo se celebrara qué.

Y por último, el centrifuguismo de nuestro país produce la impresión no de un pueblo diverso que se enriquece de tal diversidad cultural, sino de un territorio mal soldado, en que sus diversas partes no se encolaron debidamente y que, como ocurre estos años en Cataluña, buscan todos los resquicios posibles de ruptura y desconexión.

Siendo todo ello grave, me atrevería a decir que a día de hoy las dos anomalías mayores de nuestro país son las siguientes:

En primer lugar el paro enfermizo, un paro que en el mejor de los casos es tres veces superior a la media de la Unión Europea. En los peores momentos puede llegar a ser cinco veces mayor que aquella media, rebasando el 20%.

En segundo lugar señalaré que semejante país, con tal escenario laboral, se permite el lujo de tener a 445.000 personas trabajando como políticos, funcionarios y empleados estatales de toda índole, dedicados a la actividad estatal, autonómica y municipal, a atender los Ministerios, los Parlamentos, los Gobiernos y los Ayuntamientos. Casi medio millón de personas, tres veces más que un país como Alemania que a su vez dobla nuestra población y triplica nuestro PIB.

No me extenderé a otros males graves pero si les pondré un ejemplo a modo de resumen: nuestro Estado es como si una familia de cuatro o cinco miembros, en que solo uno de ellos obtiene un modesto salario y que sobrevive gracias a los subsidios oficiales y becas,  se empeñara en tener coche, chofer y dos de servicio.

Ese inquietante escenario se vuelve particularmente grave cuando estamos en vísperas de presenciar el nacimiento de un gobierno en el que por primera vez en la Unión Europea participará un partido comunista, se verá apoyado por otros secesionista y filoterrorista y que ese monstruoso equipo habrá tenido que ser respaldado por una jefatura del Estado atada de pies y manos.

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