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- 14 abril, 2019 -

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón.  Podría parecer una redundancia hablar del sentido cristiano de la Semana Santa. Pero ya no lo... Sentido cristiano de la Semana Santa

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón. 

Podría parecer una redundancia hablar del sentido cristiano de la Semana Santa. Pero ya no lo es en nuestro tiempo. La Semana Santa va perdiendo, en efecto, su sentido originario y propio, su sentido cristiano. Para muchos es tiempo de vacaciones y hablan de vacaciones de Semana Santa; otros la identifican con las procesiones; y, a tenor de la baja participación en los actos litúrgicos, no son tantos los que la entienden y viven todavía desde su sentido genuino.

La Semana Santa es la más importante de todo el año para la fe cristiana. La llamamos ‘santa’, porque es santificada por los acontecimientos que en estos días conmemoramos y actualizamos en la liturgia: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Son la prueba definitiva del amor misericordioso de Dios a los hombres, manifestado en la entrega de su Hijo hasta la muerte y su resurrección a la Vida gloriosa. Cristo nos redime así del pecado y de la muerte, y nos devuelve a la vida de comunión con Dios y con los hombres: muriendo destruye la muerte y resucitando restaura la vida.

El Domingo de Ramos nos introduce en esta venerable semana. Es un día de gloria por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y, a la vez, un día en que la liturgia nos anuncia ya su pasión. Los días siguientes nos irán llevando como de la mano hasta el Triduo Pascual, el corazón de la fe cristiana, que va desde la tarde del Jueves Santo al Domingo de Pascua.

El Jueves Santo, en la Misa de la tarde, recordamos la última Cerna de Jesús con los Apóstoles, en la que instituye la Eucaristía y el sacerdocio ordenado. En ella, Jesús anticipa de un modo sacramental la entrega de su cuerpo por nosotros hasta la muerte y el derramamiento de su sangre para el perdón de los pecados el Viernes Santo. El pan que da de comer a los Apóstoles es signo real de su cuerpo que será entregado: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”; y el vino que les da de beber es el signo de su sangre que será derramada para el perdón de los pecados: “Tomad y bebed, esta es mi sangre”. Además, Jesús encarga a los Apóstoles que hagan lo mismo en conmemoración suya hasta que Él vuelva. En el centro de este día está el amor de Cristo que se entrega por nosotros, que se hace Eucaristía y nos deja la Eucaristía para siempre, que se nos da en comida para hacernos partícipes de su vida y de su amor, y que nos envía a ser testigos de su amor y a vivir el amor fraterno, el mandamiento nuevo de Jesús. El Viernes Santo se centra en la pasión y muerte de Jesús en la Cruz, la expresión suprema de su entrega por amor hasta el final. El Sábado Santo es un día de silencio; el cuerpo de Jesús, unido a su divinidad, yace inerte en el sepulcro a la espera de su resurrección; su alma, unida a su divinidad, baja a los ‘infiernos’, es decir, al lugar de los muertos para hacer a los justos ya muertos partícipes de su redención y de su resurrección.

El Triduo Pascual culmina en la Vigilia Pascual, la cima a la que todo conduce. La pasión y la muerte de Jesús quedarían inconclusas sin el “Aleluya” de la resurrección. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 17). La resurrección del Señor es la respuesta amorosa de Dios-Padre a la entrega hasta la muerte de su Hijo-Hombre: una respuesta de triunfo sobre el pecado y la muerte, una respuesta de gloria, de alegría, de vida y de esperanza. Jesús vence el tedio, el dolor y la angustia del pecado y de la muerte. Su triunfo es nuestro triunfo. Cristo padece y muere para liberarnos del pecado y de la muerte. Cristo resucita para devolvernos la Vida de los hijos de Dios. La Vigilia Pascual es la celebración litúrgica más importante de todo el año y deberíamos esforzarnos por participar en ella.

Para entrar de lleno en la Semana Santa, el cristiano debe celebrarla con espíritu de fe participando en los actos litúrgicos. No nos podemos limitar a participar en las procesiones, que, para ser genuinas, han de ser la prolongación de lo que en la liturgia se celebra. En ella tienen su fuente; sin ella pierden su vitalidad y quedan reducidas a mera tradición o evocación de unos hechos del pasado. Sin la fe cristiana, la Semana Santa no tiene sentido y sin la liturgia carece de su fuente. Os invito, pues, a vivir con verdadero espíritu esta Semana Santa en la liturgia y en las procesiones.

 

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