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El 11-S, 20 años después    El 11-S, 20 años después   

- 11 septiembre, 2021 -

Jorge Fuentes. Embajador de España En estos últimos días se está hablando mucho -como no podía ser de otro modo- del pavoroso atentado terrorista... El 11-S, 20 años después   

Jorge Fuentes. Embajador de España

En estos últimos días se está hablando mucho -como no podía ser de otro modo- del pavoroso atentado terrorista que tuvo lugar contra los Estados Unidos, el 11 de Septiembre de 2001, hace hoy exactamente 20 años.

Es llamativo y absurdo que casi todos los comentaristas insistan en pedir a sus contertulios o sus entrevistados, que evoquen la circunstancia personal de cada uno en aquella señalada fecha.

Lo que cada uno hiciera o dejara de hacer en aquel 11-S no tiene mayor relevancia que la anecdótica y personal. Lo importante debería ser evocar en qué situación nos encontrábamos todos en aquellos tiempos, qué consecuencias tuvieron los ataques terroristas y en que situación se encuentra el mundo hoy.

Precisamente el 11-S-2001 el Ministerio de Asuntos Exteriores de España había preparado celebrar en Madrid la Conferencia bianual de Embajadores de España en el mundo. Era una operación materialmente complicada que el Ministerio venía preparando desde hacía meses ya que se trataba de reunir a más de cien Embajadores, acreditados algunos de ellos en países remotos, preparar reuniones, encuentros multiples y audiencias con el Rey Don Juan Carlos y con el Presidente Aznar.

Cuando aquella tarde el amplio grupo se reunió en el salón de actos del Ministerio ya habían llegado noticias sobre los luctuosos sucesos en Nueva York y Washington. El Ministro -a la sazón Josep Pique, uno de los mejores que España ha tenido en democracia-, anunció solemnemente que los actos que acababan de ocurrir iban a cambiar el curso de la Historia y que la Conferencia de Embajadores quedaba cancelada ordenándonos que volviéramos a nuestros puestos, en EEUU, China, Australia o Argentina, a la mayor brevedad posible.

Por aquel entonces el mundo estaba sumido en un cierto estadio de indefinición. Había acabado la Guerra Fría y con ella un orden bipolar que, pese a todas sus lacras en particular en el flanco Este, mantenía en paz a cada uno de los bloques y a sus zonas de influencia.

China empezaba a dibujarse como una nueva potencia aunque estaba aún lejos de hacer sombra a los EEUU y a la Unión Europea. Esta contaba aún solo con 15 miembros aunque avanzaban rápidamente las negociaciones para incluir a diez  nuevos candidatos, seis de ellos pertenecientes al antiguo Pacto de Varsovia, que cambiarían significativamente el perfil de la Unión.

Se llegó a pensar que, con el fin del comunismo sovietico, no sólo acababa el conflicto Este-Oeste sino que se ponia punto final a la mismísima Historia. El 11-S introdujo un nuevo capítulo en ésta al cambiar la Guerra Fría por el Conflicto de Civilizaciones, que Zapatero y Erdogan quisieron reconvertir en una edulcorada Alianza de Civilizaciones.

El 11-S vino continuado por actos terroristas en Londres, Madrid, París, Bruselas, Niza, Berlin, Barcelona entre otras capitales y todo ello hizo que lloviera literatura sobre la Tercera Guerra Mundial, un conflicto con nuevos rasgos en que los combatientes no serían soldados habituales, el campo de batalla serían las ciudades y las víctimas serían civiles.

Lo cierto e inmediato es que los EEUU y sus aliados reaccionamos ocupando Afganistán, una ocupación costosa en todos los conceptos que duraría veinte años y que no conseguiría los objetivos deseados: castigar a los terroristas, cercenar las posibilidades de que éstos volvieran a actuar y convertir Afganistán en un lugar civilizado, democrático y pacífico.

No se ha conseguido nada de ello en Kabul como tampoco se logró en Irak ni en ninguno de los países donde se miró con optimismo la llegada de  una primavera arabe.

Ello nos hace ver el presente y el inmediato futuro con escaso entusiasmo. No es seguro que los EEUU debieran responder con una guerra convencional a un acto terrorista, por mucho que la opinión mundial pareciera reclamarlo hace veinte años. Parece aún más evidente que los EEUU se han retirado del escenario de forma precipitada después de que cuatro presidentes dejaran allí billones de dólares y miles de vidas.

La retirada llega, por añadidura, cuando Rusia y sobre todo China están deseando colocarse en cabeza de las potencias asegurándose, entre otras cosas, que los países sede del terror, con el apoyo de otras naciones musulmanas que están preparadas para actuar de nuevo, les dejen a ellos en paz.

El escenario se presenta particularmente complicado. No es buen momento para que los Estados Unidos se replieguen sobre un cómodo aislamiento ni tampoco para que Europa se afane en encontrar nuevos líderes ahora que el más sólido de ellos, Merkel, está a escasos días de su jubilación.

Me cuesta creer que Europa y los Estados Unidos van a perder el privilegio de marcar el rumbo de la modernidad que ejerció Europa durante más de cinco siglos; y perder el control de la seguridad mundial como lo viene haciendo Washington desde hace 150 años.

Sin embargo, sin ánimo de caer en fatalismos, hay que reconocer que en la lucha contra el terrorismo, la reciente retirada de Kabul dibuja un futuro nada optimista. El mundo occidental se presenta como un lugar mucho menos seguro desde que los violentos ya no vienen de fuera de nuestros países como ocurrió en el 11-S sino que gracias a las migraciones masivas, los terroristas son ciudadanos de primera o segunda generación nacidos en los propios países que atacan, lo que dificulta mucho más su control.

Nuestras democracias y nuestras libertades van a tener que tomar buena nota de ello si no quieren verse severamente dañadas.

   

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