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- 8 julio, 2018 -

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diócesis Segorbe-Castellón.  Los meses de verano se asocian normalmente a las vacaciones. La economía actual marca a las... Actividades en tiempo de vacaciones

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diócesis Segorbe-Castellón. 

Los meses de verano se asocian normalmente a las vacaciones. La economía actual marca a las personas, que están en edad laboral y gozan de buena salud, una clara distribución de su calendario en tiempos de ocupación laboral y en tiempos de descanso y de vacación. No olvidemos, sin embargo, que no todo el mundo tiene la oportunidad de gozar de vacaciones. Pensemos en los trabajadores en paro, en los enfermos, en tantas familias con una economía de subsistencia, en los pensionistas humildes y en tantos otros, que no pueden permitirse el lujo de tener vacaciones. Una cultura influida por la industria del ocio y del pasatiempo no debe olvidar a quienes viven estas situaciones.

Tampoco conviene entender separados el trabajo y las vacaciones. Algo falla cuando se identifica el trabajo con una actividad que despersonaliza y las vacaciones con el deseo de evasión. Desde una comprensión correcta del ser humano, el trabajo es un ejercicio le permiten desarrollar sus facultades y ser creativo, favoreciendo su propio crecimiento, la atención a su familia y el desarrollo de la sociedad. El verdadero descanso, por su parte, es saber escoger una actividad que sosiegue, ayude a recuperarse  y humanice la vida.

Lo propio de las vacaciones es poder realizar otro tipo de actividad, como son  las ‘actividades recreativas’, destinadas a recomponer el espíritu humano mediante el descanso, la lectura, el conocimiento de otras gentes y culturas, el cultivo de las relaciones de familia, la amistad compartida o la contemplación de la naturaleza.

Desde nuestra Iglesia diocesana, sus parroquias y movimientos se ofrecen a niños, adolescentes y jóvenes actividades que favorecen el crecimiento de la fe, de la vida cristiana, del compañerismo y de la amistad en el disfrute de la naturaleza, como son las colonias, organizadas por parroquias o movimientos; otras actividades propician el crecimiento de la caridad cristiana y de la solidaridad con los más necesitados o alientan el espíritu misionero en países de misión; y, finalmente, otras iniciativas atienden la formación y el crecimiento espiritual en lugares de retiro.

Entre las actividades del tiempo de vacaciones una de las más frecuentes es el turismo: viajar a otros lugares para conocer otras regiones y otros pueblos. La experiencia humana corrobora que abandonar el lugar habitual y abrirse a nuevos territorios con su gente tiene algo de purificación de la mirada, ya que nos permite recuperar la admiración por las cosas y reconocer, reconciliados con nosotros mismos, nuestra propia pequeñez e indigencia. El turismo puede repercutir para bien en las culturas y los pueblos. En vez de encerrarnos en nuestra propia cultura, estamos llamados, hoy más que nunca, a abrirnos a los otros pueblos, dejándonos confrontar con modos de pensar y de vivir diversos. El turismo es una ocasión favorable para el diálogo entre las culturas y las civilizaciones, porque promueve el conocimiento de las riquezas específicas que distinguen a una cultura de otra, favorece una memoria viva de la historia y de sus tradiciones sociales, religiosas y espirituales, y una profundización recíproca de las riquezas en la humanidad.

Las vacaciones son finalmente una oportunidad para humanizarse de manera más gratuita, contemplativa y profunda. Son un tiempo propicio para la reflexión y la búsqueda de respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quién soy, de dónde vengo, por qué vivo, para quién vivo? Para ello hemos de propiciar los momentos de silencio exterior e interior. Es ahí y sobre todo en el silencio interior, donde uno se encuentra consigo mismo y se llega a percibir la voz de Dios, capaz de orientar nuestra vida. Vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que ‘llenarse’ de actividades, de sonidos y de ruidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. Sólo desde el silencio fuera y dentro de nosotros, seremos capaces de percibir la voz de Dios, pero también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás. Para los cristianos, las vacaciones son una oportunidad para vivir nuestra condición de tales, sin avergonzarnos de serlo y dedicar un poco más de tiempo a Dios. No olvidemos que también en vacaciones el Domingo sigue siendo el día del Señor y el día de la Eucaristía; Dios no se va de vacaciones.

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