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- 10 marzo, 2019 -

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón. Por San José celebramos el Día del Seminario. Nuestros seminarios estarán estos días especialmente presentes en... El Seminario, cosa de todos

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón.

Por San José celebramos el Día del Seminario. Nuestros seminarios estarán estos días especialmente presentes en la oración de nuestras comunidades. Porque todos estamos llamados a orar y cooperar por la buena formación de nuestros seminaristas y a pedir con insistencia a Dios que nos envíe vocaciones al sacerdocio ordenado.

Es un tópico decir que padecemos un ‘invierno de vocaciones’ en el mundo occidental. No sólo escasean las vocaciones al sacerdocio, sino también a la vida consagrada y al matrimonio y la familia cristianos. Necesitamos dar a toda nuestra pastoral un tinte vocacional, comenzando por las catequesis  de iniciación cristiana, y trabajar por una cultura vocacional.

Hoy no es fácil hablar de vocación. La cultura actual propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. Interesa lo inmediato, lo útil, el tener, el disfrute de la vida, la fama y el poder; falta una perspectiva global de la persona como proyecto de vida. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se plantea reducido a la elección de una profesión para logar una buena posición; su futuro se plantea sin apertura al misterio de la propia vida, a Dios, al prójimo o al propio bautismo.

Sin embargo, una mirada creyente descubre que todos tenemos una llamada de Dios al amor. Dios llama a cada uno a esta vida por amor y para vivir la alegría del amor. La nueva vida recibida en el bautismo desarrolla esa llamada inicial de Dios al amor. Y, llegado el momento, esta vocación bautismal se concretará en una llamada a vivir el amor en el sacerdocio, a vivirlo en la vida consagrada o a vivirlo en el amor entre un hombre y una mujer en el matrimonio y en la familia. Dios tiene un plan concreto para que cada uno alcance la perfección en el amor y la felicidad.

Ayudemos todos, en especial los padres, los sacerdotes y los catequistas, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a hacerse sin miedo esta pregunta: “Señor, ¿cuál es mi camino para vivir la alegría del amor”. Si sienten la llamada al sacerdocio, ayudémosles a responder con alegría y generosidad mediante nuestra cercanía y acompañamiento. Será nuestro mejor servicio a su libertad y felicidad.

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