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- 13 abril, 2019 -

Jorge Fuentes. Embajador de España. Escribir una primera novela, filmar una película primera, componer cualquier obra inicial -construir un primer edificio, defender un primer... Opera prima

Jorge Fuentes. Embajador de España.

Escribir una primera novela, filmar una película primera, componer cualquier obra inicial -construir un primer edificio, defender un primer pleito, pintar un primer óleo, componer una partitura inicial- es un ejercicio  apasionante y comprometido, particularmente si el artista es joven ya que tendrá la impresión de que en ese esfuerzo iniciático le va la vida. Y probablemente tardará más tiempo en encontrar editor/productor del que tardó en producir su obra.

El autor aun no tiene experiencia, no tiene oficio, no esta resabiado, vuelca todas sus escasas vivencias en el esfuerzo creativo y, en el caso de la literatura, la tentación es de contarnos la historia de su vida, de escribir sus Memorias antes de los 30 años.

Y no es del todo malo que así proceda ya que de una forma u otra, el escritor, sea joven o veterano siempre relata sus propias experiencias, directa o indirectamente, tanto si lo hace en clave de ficción como si lo hace en ensayos no ficticios. Aunque nos narre peripecias ajenas, al filtrar los lances de los protagonistas, lo hace a través de su propia personalidad, los hace suyos, los conduce de su mano aunque con frecuencia se le escapen y cobren vida propia.

El pasado día 5 de Abril, el joven autor Enrique Tejedo, presentó en la librería Plácido Gómez, su primera novela “Maniquí armado”, ante un público muy motivado ya que en su mayoría -y esto es digno de reseñarse- habían subvencionado la edición del libro en un interesante ejercicio de mecenazgo en el que hubiera sido un honor para mi participar.

En su presentación, Tejedo, además de insistir en que el libro no es autobiográfico, mostró también su preocupación por evitar repetirse tanto en éste como en sus futuros trabajos. También en este sentido me atrevería a decirle que algún tipo de repetición es inevitable y en el fondo conveniente ya que será síntoma de que el autor tiene su estilo propio, ha sido capaz de crear su propio mundo, un mundo que somos capaces de identificar en cada novela, cada film o cada pintura. Y es que, en el fondo, el autor siempre escribe el mismo libro, con diferentes tramas y distintas palabras.

En algún capítulo de su novela, Tejedo desprecia también el consejo que le da una de las amigas de su protagonista, en el sentido de que, aparte de escribir, éste debería buscarse un trabajo ya que “son pocos los escritores que pueden vivir exclusivamente de su pluma”.

Aunque el consejo pone a cien al protagonista, lo cierto es que la chica tiene gran razón. No dispongo de datos pero dudo que en España haya más de medio centenar de escritores que vivan exclusivamente de sus escritos y al principio de sus carreras, me atrevo a decir que ninguno lo hace.

Sé que Tejedo admira a Eduardo Mendoza cuya influencia se percibe en el tono general de “Maniqui”. Conocí a Mendoza cuando yo estaba destinado en Naciones Unidas, en Nueva York. El escritor, que por entonces ya había publicado con gran éxito “La verdad sobre el caso Savolta”, era intérprete simultáneo de la comisión en que yo trabajaba. Trabamos una gran amistad que perdura hasta hoy. Mendoza mantuvo su bien remunerado trabajo en Nueva York hasta muchos años después, al menos hasta que publicó media docena de novelas, entre ellas la excelente “Ciudad de los prodigios”.

Llega sin duda el momento para casi todos los escritores “de verdad” en que su vocación será incompatible con cualquier otra actividad y en que un cierto grado de malvivir sea casi indispensable para poder bien crear.

Sermones aparte, debo decir que he disfrutado mucho con la lectura de “Maniquí armado”. Es una novela Matrioshka en que la trama principal se esconde dentro de otro relato y que nos sorprende a cada página con la descripción de un Madrid encantador, un poco a caballo entre el de Fernando Trueba de “Opera prima” y el de Santiago Segura de “Torrente”. Puesto a escoger entre ambos, me quedo con el primero que está más presente en la primera parte de la obra.

Estamos ante una feliz opera prima nada tópica ni dulzona, en que el autor ha sabido alejarse de su real biografía para mostrar un mundo ajeno, moderno, atrevido, fresco, descarado, sorprendente.

De aficionado o amateur, Tejedo solo tiene el derroche de ideas, la generosidad, las mil ocurrencias que fluyen constantemente de su pluma y que parecen haber agotado sus reservas literarias para siempre.

Sin duda no será así. Me atrevo a diagnosticar que Tejedo reposará su ritmo aproximándose al “Lucky Jim” de Kingsley Amis o, por qué no, al Rastignac de la “Comedia Humana” de Balzac o la “Educación Sentimental” de Flaubert.

Tenemos autor.

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