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- 28 julio, 2019 -

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón   Todos tenemos sed de alegría y de felicidad. El deseo de felicidad y de dicha brota... La alegría cristiana

Casimiro López Llorente. Obispo de la Diocésis Segorbe-Castellón

 

Todos tenemos sed de alegría y de felicidad. El deseo de felicidad y de dicha brota constantemente en el corazón humano. Hemos sido creados para ser felices: este es el proyecto creador y salvador de Dios. Dios dispone la inteligencia y el corazón de su criatura al encuentro de la alegría y la dicha.

Sin embargo, vivimos en un mundo escaso de alegría. Nadie dirá que el hombre occidental contemporáneo es dichoso. Tenemos más, comemos mejor, estamos más sanos, sabemos más, disfrutamos más, pero no somos dichosos. El dinero, el confort, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente huída ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar. Hemos conquistado muchas metas; no hemos alcanzado la felicidad. La sociedad tecnológica con sus avances no engendra verdadera alegría. Hay alegrías, es cierto; pero al final siempre se demuestran pasajeras y frágiles, no pocas veces superficiales, cuando no falsas.

A la vez, el mundo se ve acosado por muchos problemas, el futuro está gravado por incógnitas y temores; no faltan dificultades personales y sociales, contrariedades y sufrimientos en la vida; muchos sienten la soledad, sufren el abandono o quedan descartados; la enfermedad toca con frecuencia a nuestra puerta y la muerte aparece entre nuestros allegados.

En este contexto resuena de nuevo la llamada de la Palabra de Dios, que nos invita con insistencia a la verdadera alegría. Estamos llamados a “alegrarnos en el Señor” (Flp 4,4), a vivir “alegres en la esperanza” (Rom 12,12), a no dejarnos contagiar por la bruma de la tristeza y a esperar la alegría plena y eterna. Es precisamente en medio de las dificultades actuales cuando tenemos necesidad de conocer, vivir y ofrecer la alegría que brota de la fe y de la esperanza cristianas.

San Pablo VI, en su Exhortación Gaudete in Domino, señala tres caminos capaces de aportar luz a nuestro mundo en esta situación. Es el camino de la solidaridad con los pobres para procurarles al menos un mínimo de alivio, necesario para la felicidad. Es el camino de la valoración y disfrute de las múltiples alegrías humanas que Dios pone en nuestro camino, como son la alegría al contemplar la naturaleza, la alegría de la vida, la alegría del esposo, de la esposa y de los hijos, la alegría del deber cumplido y de la obra bien hecha, la alegría de la amistad y la del servicio generoso a los otros; el cristiano podrá purificarlas o completarlas, pero no despreciarlas; la alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Y está finalmente y sobre todo, el camino del encuentro o del reencuentro con el amor salvador de Dios en Cristo. Como nos dice el papa Francisco: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

La alegría cristiana es un don del Espíritu. No es la alegria propia del optimista por temperamento o el gozo consiguiente a una meta lograda. Mucho menos se asemeja a un estado artificial y eufórico conseguido a base de sugestión.  La alegría producida por el Espíritu Santo es diferente. Esta actitud nace de un profundo encuentro personal y comunitario, con el Señor resucitado. Los discípulos, cerrados en una sala por miedo a los judíos, se llenaron de alegría al ver al Señor aquella tarde del primer día de la semana. Fue un encuentro que tocó el centro mismo de su existencia y los cambió para siempre.

La alegría, producida por el Espíritu Santo, despierta en nuestro interior la certeza y la confianza de que Dios nos ama personalmente y para siempre, y el deseo de corresponder a su amor. Se trata de una alegría serena, silenciosa, profunda y permanente, que llena la vida de paz y de sosiego. Es la certeza de quien, aún en la mayor dificultad, en la enfermedad y en la muerte, se sabe siempre e infinitamente amado y nunca abandonado, por Dios en su Hijo, Jesucristo.

La alegría cristiana no está reñida con el sufrimiento, que subsiste en la existencia cristiana, como nos dice san Pablo (cf. 2 Cor 1,3-5). Y la alegría cristiana es, finalmente, esencialmente apostólica y comunicativa; tiende a desplegarse en una vida activa y necesita transmitir a los demás el contenido y el motivo de su vivencia interior.

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