Miércoles, 16 de octubre, 2019  |  

- 6 octubre, 2019 -

Casimiro López. Obispo de Segorbe-Castellón. Dos acontecimientos han traído al primer plano de la actualidad la llamada ‘crisis ecológica’. De un lado, la Cumbre... ¡Cuidemos la creación!

Casimiro López. Obispo de Segorbe-Castellón.

Dos acontecimientos han traído al primer plano de la actualidad la llamada ‘crisis ecológica’. De un lado, la Cumbre de las Naciones Unidas para la Acción Climática, recién celebrada en Nueva York, con el fin de acelerar drásticamente las medidas para alcanzar lo antes posible cero emisiones netas de gases de efecto invernadero y contener el aumento medio de la temperatura global. Y, de otro lado, la celebración en este mes octubre de un Sínodo extraordinario de los Obispos dedicado a la Amazonia, cuya integridad está gravemente amenazada.

La ‘crisis ecológica’ es algo innegable ante fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los mares, los ríos y de los acuíferos, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales, entre otros; o ante el fenómeno de las personas que deben abandonar su tierra por el deterioro del medio ambiente. Todos estos fenómenos tienen una repercusión profunda en el ejercicio de derechos humanos como el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

Los últimos papas nos exhortan reiteradamente a cuidar de la creación. El papa Francisco lo hizo en su Encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común, la tierra, vuelve una y otra vez sobre este tema, y nos llama a poner remedio a los males medioambientales y al problema de justicia social, unido a ellos. Porque el auténtico desarrollo humano integral y el desarrollo de los pueblos peligran cuando se descuida o se abusa de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado.

Ante el palpable deterioro del medio ambiente, es necesario volver nuestra mirada a Dios. “Y vio Dios que era bueno”, nos dice el libro del Génesis (1,25). Desde la tierra para habitar hasta las aguas que alimentan la vida, desde los árboles que dan fruto hasta los animales que pueblan la casa común, todo es hermoso a los ojos del Creador. Dios mismo ofrece al hombre la creación como un precioso regalo para custodiar. Los Salmos nos invitan a alabar y dar gracias al Creador por el don de la creación. El universo entero es un don de Dios, fruto de su amor, en cuya cima ha situado al hombre y a la mujer, creados a su imagen y semejanza, para ‘llenar la tierra’ y ‘dominarla’ como ‘administradores’ de Dios mismo (cf. Gn 1,28).

Por desgracia, la respuesta humana a ese regalo de Dios ha sido marcada por el pecado, por sentirse dueños de la creación y por la codicia de poseer y explotar. Egoísmos e intereses han hecho de la creación un lugar de rivalidad y enfrentamiento. Hemos creado una emergencia climática que amenaza seriamente la naturaleza y la vida, incluida la nuestra. En la raíz, hemos olvidado quiénes somos: criaturas a imagen de Dios, llamadas a vivir como hermanos en la misma casa común. Fuimos pensados y deseados en el centro de una red de vida compuesta por millones de especies unidas amorosamente por nuestro Creador.

Es la hora de redescubrir nuestra vocación como hijos de Dios, hermanos entre nosotros y custodios de la creación. Es el momento de arrepentirse y convertirse, de volver a las raíces: somos las criaturas predilectas de Dios, quien en su bondad nos llama a amar la vida y vivirla en comunión, conectados con la creación. Todos somos responsables de la creación, existe un lazo íntimo entre todas las creaturas y el medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad.

Es indispensable que renovemos y reforcemos la alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios. Todos tenemos el deber de proteger la creación entera, de cultivar una ‘ecología integral’ global, que abarca la protección del ambiente y también la de la vida humana. Es urgente promover una nueva solidaridad universal e intergeneracional inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común.

Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos de todos los tiempos. Hemos de cambiar nuestras actitudes, conductas y modelos de consumo y propiciar un estilo de vida austero y sobrio, respetuoso con la creación y solidario con todos.

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