Domingo, 29 de marzo, 2020  |  

- 20 marzo, 2020 -

Jorge Fuentes. Embajador de España. Esto de vivir es una aventura complicada. Tanto si se tiene la suerte de gozarla durante largos años, como... La aventura del vivir

Jorge Fuentes. Embajador de España.

Esto de vivir es una aventura complicada. Tanto si se tiene la suerte de gozarla durante largos años, como si el destino nos la acorta, se tiene una molesta tendencia a juzgarla no por lo que una persona fue capaz de alcanzar, crear, disfrutar o destruir durante cada día, mes o año de su existencia, sino que se tiende a juzgársele solo por su desenlace, ignorando la introducción y el nudo. No debemos tolerarlo.

He llegado a tan sesuda reflexión cuando he visto cómo se intenta derruir la larga y fructífera vida de personas como Román Polanski, Woody Allen o Plácido Domingo que han contribuido -y seguirán haciéndolo- a nuestro enriquecimiento cultural, algunos dirán que saltándose graves reglas del juego. Su obra, su trabajo, quedará ahí para siempre y sería injusto que en las Enciclopedias sus biografías se resumieran a media línea, “supuesto pederasta”, “supuesto molestador”. No debemos tolerarlo.

Me viene también a la mente, la dramática forma de cerrar sus vidas, de los contagiados por coronavirus. Solos, sin poder recibir el aliento de sus familias, que serán incapaces de velarles o incluso de organizar sus funerales. Personas que quizá han vivido existencias plenas y que sus familias deberán recordar por lo que han sido, por lo que han representado para ellos y no por la forma en que han acabado, engullidos en una plaga traicionera. “Murió en la pandemia”. No debemos tolerarlo.

Viene todo esto a cuento a raíz de la grave polémica desatada por el destape de los cien millones de euros, en apariencia recibidos por la mediación real en la construcción del AVE en Arabia Saudita, cantidad que Don Juan Carlos habría legado a sus hijos y que Felipe VI ha tenido que rechazar en su nombre y en el de la Princesa Leonor, por el bien de la Corona, repudiando a la vez a su padre quien quedaría excluido de la Familia Real. Todo un drama de dimensiones medievales.

He tenido la fortuna de haber desarrollado casi toda mi vida profesional teniendo a Don Juan Carlos I como Rey y Jefe de Estado. Fue un gran privilegio recibirle numerosas veces en Nueva York, Túnez, Washington, en Sofía y Bruselas. Y de ser recibido igualmente con frecuencia por él en La Zarzuela o el Palacio Real.

Don Juan Carlos ha sido siempre una persona afable y cercana. Mucho más responsable en el cumplimiento de sus funciones de lo que se le ha querido presentar. En sus viajes oficiales, al caer la tarde, se retiraba a sus aposentos para preparar sus obligaciones de la jornada siguiente. Era amable con todos, nada distante ni estirado, con gran memoria para los detalles y con gran humanidad que seguramente desplegó en algunas direcciones inadecuadas.

Sin duda pasará a la Historia como uno de los dos o tres mejores Monarcas con que ha contado España a la que situó en el mapa con todos los honores en una época en que nuestro país logró emplazarse entre la decena de naciones más influyentes y mejor identificadas del mundo, tras una transición modélica que el Rey pilotó y esquivando avatares en el camino como el 23F.

Cuando los hechos distan de estar claros, cuando aún la Banca suiza no se ha pronunciado al respecto y los bulos de Corina no están aclarados, los ‘expertos’ ya andan buscando rincones lejanos -entre Galicia y la República Dominicana- donde nuestro Rey Emérito tendría que refugiarse para ocultar sus vergüenzas. Los republicanos españoles, no pocos de ellos instalados en el Gobierno, afilan sus cuchillos y pulen sus cacerolas con la clara intención de cargarse no solo al Rey Emérito, sino también a su hijo, su nieta y la Institución Monárquica en su conjunto.

España necesita defender su Monarquía. Don Juan Carlos ha sido un gran Rey, como lo es Don Felipe y lleva trazas de serlo la Princesa Leonor. La Monarquía que fue válida en el pasado, ha sabido modernizarse adaptándose a las democracias parlamentarias, estando al frente de algunos de los países más prósperos del mundo y resultando al menos tan eficaces como las más prestigiosas Repúblicas.

No basta con decir tímidamente ‘No pasarán’, sino que en la coyuntura en que nos encontramos será necesario defender la Institución con toda la energía de que seamos capaces, aclarando con espíritu objetivo las irregularidades aparecidas.

Me parece miserable regodearse con las dificultades de Don Juan Carlos en el último tramo de su vida, que espero sea muy largo. Por mucho que se diga, el bienestar que ha logrado tras 40 años de servicio a España no es superior al de muchos políticos de pacotilla y está a años luz del que goza cualquier otro Monarca del mundo occidental. Estas gentes van a por la destrucción de la Monarquía y de la unidad de España.

Tampoco debemos tolerarlo.

 

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