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- 31 diciembre, 2017 -

Casimiro López. Obispo de Segorbe-Castellón. En Navidad, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra a Dios y nos ofrece su amor; y, a... La buena noticia de la familia

Casimiro López. Obispo de Segorbe-Castellón.

En Navidad, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra a Dios y nos ofrece su amor; y, a la vez, el Niño Dios nos muestra quién es el ser humano, su verdadero rostro, su origen y su destino, según el proyecto de Dios.

En Jesús queda renovada la creación entera y el ser humano, hombre y mujer; todas las dimensiones de la vida humana han sido desveladas e iluminadas en su sentido más profundo por Él; además han quedado sanadas y elevadas. En el Hijo de Dios, el matrimonio y la familia han adquirido también su verdadero sentido, y toda vida humana, don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor, ha adquirido una dignidad y un valor inalienables.

Fiel a Jesús y a su evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua entrega, han de estar responsablemente siempre abiertos a una nueva vida y a la tarea de educar a sus hijos. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir este evangelio del matrimonio y de la familia.

En este domingo después de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y, con esta ocasión, la Jornada de la familia. Porque fue en el seno de una familia, la familia de Nazaret, donde fue acogido con gozo, nació y creció Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre.

La familia de Nazaret, formada por José, María y Jesús, es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive el designio amoroso de Dios para con cada uno de ellos: José, su vocación de esposo-padre; María, la de esposa-madre y Jesús, la de Hijo de Dios, enviado para salvar a los hombres. En este hogar es donde Jesús pudo educarse, formarse y prepararse para la misión recibida de Dios.

La Sagrada Familia es una escuela de amor recíproco, de acogida y de respeto, de diálogo y de comprensión mutua, y es una escuela de oración; es el modelo donde todas las familias cristianas pueden encontrar la luz para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.

San Pablo, en su carta a los Colosenses (3,12-21), nos muestra la unidad de vida y de comunión en el amor que ha de darse en la familia cristiana. Un amor que ha de ser siempre recíproco y fiel, entregado y respetuoso; un amor, que para ser verdadero, incluye necesariamente el perdón: ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos’.

Este es el verdadero amor, que es, a su vez, el único vínculo capaz de mantener unidos a los esposos y a la familia más allá de cualquier dificultad o problema. Este amor es el verdadero alimento de la familia, que ayuda a crecer a los esposos y a los hijos, y que preserva a la familia de la desintegración. Este amor no es mera simpatía, ni un sentimiento volátil o una pasión pasajera. Este amor no es egoísta, ni individualista, porque no es búsqueda de sí mismo. El verdadero amor es donación y entrega desinteresada, que busca siempre el bien del otro.

El papa Francisco en su carta para el IX Encuentro Mundial de la Familia en Dublín, en 2018, escribe: “Nos podríamos preguntar: ¿El Evangelio sigue siendo alegría para el mundo? Y también: ¿La familia sigue siendo una buena noticia para el mundo de hoy?”; y responde: “¡Yo estoy seguro de que sí! Y este ‘sí’ está firmemente fundado en el plan de Dios. El amor de Dios es su ‘sí’ a toda la creación y al corazón de la misma, que es el hombre. Es el ‘sí’ de Dios a la unión entre el hombre y la mujer, abierta a la vida y al servicio de ella en todas sus fases; es el ‘sí’ y el compromiso de Dios con una humanidad a menudo herida, maltratada y dominada por la falta de amor. La familia, por lo tanto, es el ‘sí’ del Dios Amor. Sólo partiendo del amor la familia puede manifestar, difundir y regenerar el amor de Dios en el mundo. Sin amor no se puede vivir como hijos de Dios, como cónyuges, padres y hermanos”.

Estas palabras nos urgen a los cristianos a acoger, vivir y proclamar sin miedos ni complejos la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios, como una comunión de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierta al don de la vida humana, y para siempre.

Y hemos de hacerlo conscientes de vivir en un contexto social, político y legislativo contrario al verdadero matrimonio y a la familia. A la vez, hemos de pedir para la familia, célula básica de la sociedad, el respeto y el apoyo económico, social, político y mediático que en justicia se merece.

Vivamos y anunciemos la Buena Noticia del matrimonio y de la familia.

 

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