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- 8 octubre, 2017 -

Casimiro López. Obispo de Segorbe-Castellón. En las parroquias han comenzado en estos días o comenzarán en breve las catequesis. En pocas de ellas ha... Catequesis de preparación para la Confirmación

Casimiro López. Obispo de Segorbe-Castellón.

En las parroquias han comenzado en estos días o comenzarán en breve las catequesis. En pocas de ellas ha calado aún que la iniciación cristiana es un proceso continuado; son excepción las parroquias que ofrecen catequesis infantil y de postcomunión. En la mayoría de  los casos se ofrece la catequesis de primera Comunión y Confesión, y la catequesis de Confirmación. Centrándonos en la de Confirmación, la mayoría de los adolescentes y jóvenes que se acercan a recibirla han estado distanciados de la práctica de la fe en la comunidad cristiana, en muchos casos desde su primera Comunión.

Si queremos realmente ayudar a los adolescentes a prepararse para que el don del Espíritu Santo caiga en tierra buena y preparada, el primer objetivo de la catequesis de Confirmación ha de ser ayudarles a avivar y madurar su fe y vida cristianas. Hacia esto, que es lo principal, a dirigirse en primer lugar la pastoral de la Confirmación.

Pero, ¿cómo ayudar a aquellos que, habiendo sido bautizados de niños y recibido la primera Comunión, han estado desde entonces habitualmente distanciados de la comunidad eclesial? ¿Cómo lograr que los adolescentes se sientan atraídos de lleno hacia la persona de Je­sús, el Señor Resucitado, y hacia el Evangelio como norma de vida, y cómo hacerles ver que esto les concierne personalmente, les pide conversión y adhesión de mente, corazón y vida a Cristo para seguirle en el seno de la comunidad eclesial?

Contando siempre con la ayuda de la gracia de Dios, que es quien mueve los corazones, la preparación a la Confirmación debe tener siempre un carácter catecumenal. Hay algunos criterios básicos, olvidados con frecuencia, que deberían ser tenidos en cuenta por todos: por los responsables de la catequesis -sacerdotes, catequistas y padres- y por los que se acercan a recibirla.

El primer criterio es de carácter personal: se trata de que cada adolescente pida  personal y libremente la catequesis porque está convencido de que quiere ser cristiano y desea recibir la Confirmación; es decir, que cree de verdad en Cristo, y quiere seguirle en el seno de la Iglesia para ser su testigo en la Iglesia y en el mundo.

Para ello, antes de comenzar con la catequesis propia de confirmación, hay que dedicar un tiempo -el que sea preciso- al anuncio del kerigma, al primer anuncio, que suscite o avive el encuentro personal con el Señor, la conversión y adhesión de corazón a Él, su deseo de conocerle, amarle y seguirle, su propósito de dejarse cambiar la vida, de acercarse a la vida sacramental y de participar en la vida  comunidad cristiana. Antes de comenzar la catequesis de Confirmación hay que aclarar y depurar, en su caso, con cada uno el motivo por el que desea recibir la Confirmación; si el motivo no fuera lo indicado habrá que aconsejarle que lo mejor sea dejarlo para más adelante.

En segundo lugar es necesario que el proceso sea personalizado, lo que no excluye la reuniones y actos catequéticos en grupo; pero cada catequizando ha de ser acompañado personalmente por el sacerdote y el catequista en su proceso de crecimiento en la fe y de vida cristiana (escucha de la Palabra, oración personal y comunitaria, participación en la Eucaristía dominical y en la Penitencia) así como en la maduración de su vida moral. Es un proceso evolutivo y evangélico, que ha de ser realizado con cada uno de los adolescentes.

Y, finalmente, este proceso ha de hacerse dentro de la co­munidad cristiana parroquial; y no sólo porque los candidatos han de participar asiduamente en la vida de la comunidad sino también porque la misma comunidad es responsable de la iniciación cristiana de sus miembros y está interpelada ante el acontecimiento de Pentecostés de la Confirmación, sin el cual se apagaría la Iglesia.

La preparación para la Confirmación implica, pues, que el adolescente desee de forma consciente, seria, libre y responsable orientar su vida, centrándola en Jesucristo. Esto pide de él verdadero interés, motivación recta, seriedad en el proceso, maduración en su fe y vida cristiana y compromiso eclesial.

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